GRADUACIÓN UNIVERSIDAD DE AGRICULTURA OLANCHO

De inicio, permítanme agradecer la anfitrionía y hospitalidad de que nos hace objeto la Universidad Nacional de Agricultura, una institución de educación superior con la cual la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán tiene vínculos entrañables desde cuando esta tierra, tan vasta como el talento de sus valores humanos—me atrevería a asegurar que Olancho fue el imaginario concebido por Froylán Turcios para escribir su célebre “Oración del hondureño”—y tan profunda en sus intensidades históricas, decidió cobijar en su seno un centro de estudios particularizado en la formación de las ciencias agropecuarias y afines con el más elevado nivel científico y académico.

Entre esta universidad y la nuestra hay una muy especial y solidaria relación. No sólo nos vincula el común propósito de afincarnos en el entorno regional como entidades profesionales de consistencia y peso específicos—logro que la UNA, con una celeridad y empeño envidiables, ha alcanzado en brevísimo lapso—sino, además, el sentido de propiedad institucional, la amplitud de miras, la conciencia de lo que somos y constituimos en el escenario de la educación pública, de carácter estatal; sobre todo, la visión compartida, diáfana y responsable, de lo que debe ser la educación superior hondureña del siglo veintiuno, percibida como un fenómeno complejo—no complicado—pero esencial para enfrentar y vencer los desafiantes retos de una modernidad que no toma prisioneros en la lucha ante el subdesarrollo endémico y las concesiones de la esperanza frente a la ignorancia.

Hace precisamente una semana, la universidad que rectoro planteó una declaración de principios en los medios de comunicación social del país: las universidades públicas, como la nuestra(seguro estoy de que la Universidad Nacional de Agricultura tiene una similar inquietud), exigen una autonomía propia en lo que respecta a su plataforma académica y su conducción interna: El concepto de autonomía universitaria nacido en la Argentina a principios del siglo veinte— controversial novedad en la Honduras de mitad del mismo siglo—ha variado muchísimo y ha permitido reformular políticas de dirección estratégica, como obligado a validar tácticas oportunas, de conformidad con los intereses ya no de las instituciones mismas, sino de las comunidades locales, regionales y, por supuesto, nacionales.

En 1989, año en que la Escuela Superior del Profesorado—que era ya, de sí, una universidad—se convierte en los que somos hoy, únicamente existía en el nivel superior la pública Universidad Nacional Autónoma de Honduras y la Universidad José Cecilio del Valle, privada. En agosto del 2011, los centros estatales hemos crecido, cuantitativa como cualitativamente, al punto de sabernos y creernos autosuficientes en el plano organizativo; autosuficientes en el marco administrativo y académico; autosuficientes en el contexto de una transparente moral. De esa confianza nace la absoluta convicción de que nuestras instituciones, más temprano que tarde, lograrán la independencia imprescindible para la consecución de sus respectivas metas y objetivos: esperémoslo así.

Y a lo nuestro: en septiembre del año dos mil ocho, mi predecesora, la Magíster Lea Azucena Cruz Cruz suscribió con el Doctor Marlon Oniel Escoto un Convenio específico interinstitucional de cooperación entre la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán y la Universidad Nacional de Agricultura para la ejecución de la carrera de “Educación en tecnología de alimentos”, en que se dejaba definido que(y cito) “las titulaciones de los graduados serán expedidas por ambas universidades con la firma de las autoridades respectivas”(fin de la cita). Les confieso que, personalmente, supuse que el arreglo mutuo no llegaría muy lejos, que resultaba utópico en un país como el nuestro, donde las individualidades superan el trabajo de equipo. Ustedes, graduandas y graduandos de esta feliz y solemne ceremonia, son la mejor evidencia de que mis presunciones y temores eran totalmente equivocados.

Los diccionarios de esta lengua maravillosa, la nuestra, admiten distintas acepciones para la palabra “graduación” como “obtención de un grado o título”(incluso es siempre la última); lo significativo es que, desde el principio, “graduación” es un correlativo de “calidad”: se gradúa el sonido, las ideas, la vista.

Hoy graduamos la calidad académica y especulamos acerca de un desempeño profesional a partir de una fundamental premisa: en un mundo competitivo como el de los tiempos que corren, ustedes sabrán hacer lo suyo y alimentar la dignidad de un Estado y de un pueblo que cifra en esta promoción lo mejor de sí.

Soy hombre de números y de finanzas, de cifras concretas. Sin embargo no puedo pasar inadvertido que se nos gradúan, conjuntamente, siete personas. El siete es número cabalístico y, de conformidad con las culturas antiguas, mágico, de buen augurio o buen agüero(las siete notas musicales, los siete colores del arcoíris, las siete “cabritas”, los siete brazos de la menorá o candelabro judío, el “setenta veces siete”). Por eso, me plazco en congratularles en un momento tan extraordinario de sus vidas y, a la vez, en desearles los mayores y mejores éxitos en su futuro inmediato, especialmente en los próximos siete años a partir de hoy.

Una petición egoísta: Hagan que este triunfo personal de hoy cinco de agosto del año dos mil once no se ancle ni fallezca en un diploma enmarcado, sino que se expanda y disemine en las aulas, para regocijo de su alumnado y para la íntima satisfacción de ustedes.

A sus familiares y amistades, mi reconocimiento. A ustedes, mis cariñosas congratulaciones.

Muchísimas gracias…